miércoles, 2 de febrero de 2011

A Una Ramera


Por Antonio Plaza

I
Mujer preciosa para el bien nacida,
mujer preciosa por mi mal hallada,
perla del solio del Señor caída
y en albañal inmundo sepultada;
cándida rosa en el Edén crecida
y por manos infames deshojada;
cisne de cuello alabastrino y blando
en indecente bacanal cantando.

II
Objeto vil de mi pasión sublime,
ramera infame a quien el alma adora.
¿Por qué ese Dios ha colocado, dime
el candor en tu faz engañadora?
¿Por qué el reflejo de su gloria imprime
en tu dulce mirar? ¿Por qué atesora
hechizos mil en tu redondo seno,
si hay en tu corazón lodo y veneno?

III
Copa de bendición de llanto llena,
do el crimen su ponzoña ha derramado;
ángel que el cielo abandonó sin pena,
y en brazos del demonio ha entregado;
mujer más pura que la luz serena,
más negra que la sombra del pecado,
oye y perdona si al cantarte lloro;
porque, ángel o demonio, yo te adoro.

IV
Por la senda del mundo yo vagaba
indiferente en medio de los seres;
de la virtud y el vicio me burlaba,
me reí del amor, de las mujeres,
que amar a una mujer nunca pensaba;
y hastiado de pesares y placeres
siempre vivió con el amor en guerra
mi ya gastado corazón de tierra.

V
Pero te ví… te ví… ¡Maldita hora
en que te ví, mujer! Dejaste herida
a mi alma que te adora, como adora
el alma que de llanto está nutrida;
horrible sufrimiento me devora,
que hiciste la desgracia de mi vida.
Mas dolor tan inmenso, tan profundo,
no lo cambio, mujer, por todo el mundo.

VI
¿Eres demonio que arrojó el infierno
para abrirme una herida mal cerrada?
¿Eres un ángel que mandó el Eterno
a velar mi existencia infortunada?
¿Este amor tan ardiente, tan interno,
me enaltece, mujer, o me degrada?
No lo sé… no lo sé… yo pierdo el juicio.
¿Eres el vicio tú? … ¡adoro el vicio!

VII
¡Ámame tú también! Seré tu esclavo,
tu pobre perro que doquier te siga;
seré feliz si con mi sangre lavo
tu huella, aunque al seguirte me persiga
ridículo y deshonra; al cabo… al cabo,
nada me importa lo que el mundo diga.
Nada me importa tu manchada historia
si a través de tus ojos veo la gloria.

VIII
Yo mendigo, mujer, y tú ramera,
descalzos por el mundo marcharemos;
que el mundo nos desprecie cuando quiera,
en nuestro amor un mundo encontraremos.
Y si, horrible miseria nos espera,
ni de un rey por el otro la daremos;
que cubiertos de andrajos asquerosos,
dos corazones latirán dichosos.

IX
Un calvario maldito hallé en la vida
en el que mis creencias expiraron,
y al abrirme los hombres una herida,
de odio profundo el alma me llenaron.
Por eso el alma de rencor henchida
odia lo que ellos aman, lo que amaron,
y a ti sola, mujer, a ti yo entrego
todo ese amor que a los mortales niego.

X
Porque nací, mujer, para adorarte
y la vida sin ti me es fastidiosa,
que mi único placer es contemplarte,
aunque tú halles mi pasión odiosa,
yo, nunca, nunca, dejaré de amarte.
Ojalá que tuviera alguna cosa
más que la vida y el honor, más cara
y por ti sin violencia la inmolara.

XI
Sólo tengo una madre. ¡me ama tanto!
sus pechos mi niñez alimentaron,
y mi sed apagó su tierno llanto,
y sus vigilias hombre me formaron.
A ese ángel para mí tan santo,
última fe de creencias que pasaron,
a ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!,
olvido por tu amor… ¡loca ramera!

XII
Sé que tu amor no me dará placeres,
sé que burlas mis grandes sacrificios.
Eres tú la más vil de las mujeres;
conozco tu maldad, tus artificios.
Pero te amo, mujer, te amo como eres;
amo tu perversión, amo tus vicios,
y aunque maldigo el fuego en que me inflamo,
mientras más vil te encuentro, más te amo.

XIII
Quiero besar tu planta a cada instante,
morir contigo de placer beodo;
porque es tuya mi mente delirante,
y tuyo es ¡ay! mi corazón de lodo.
Yo que soy en amores inconstante,
hoy me siento por ti capaz de todo.
Por ti será mi corazón do imperas,
virtuoso, criminal, lo que tú quieras.

XIV
Yo me siento con fuerza muy sobrada,
y hasta un niño me vence sin empeño.
¿Soy águila que duerme encadenada,
o vil gusano que titán me sueño?
Yo no sé si soy mucho, o si soy nada;
si soy átomo grande o dios pequeño;
pero gusano o dios, débil o fuerte,
sólo sé que soy tuyo hasta la muerte.

XV
No me importa lo que eres, lo que has sido,
porque en vez de razón para juzgarte,
yo sólo tengo de ternura henchido
gigante corazón para adorarte.
Seré tu redención, seré tu olvido,
y de ese fango vil vendré a sacarte;
que si los vicios en tu ser se imprimen
mi pasión es más grande que tu crimen.

XVI
Es tu amor nada más lo que ambiciono,
con tu imagen soñando me desvelo;
de tu voz con el eco me emociono,
y por darte la dicha que yo anhelo
si fuera rey, te regalara un trono;
si fuera Dios, te regalara un cielo.
Y si Dios de ese Dios tan grande fuera,
me arrojara a tus plantas, vil ramera.

miércoles, 26 de enero de 2011

MARIPOSA


Por Diana Zepeda


Caminaba lenta y sigilosa
al recorrer los jardines
la frágil mariposa.

Alguna vez se atrevió a volar,
levantó sus blancas alas
y por el viento se dejó llevar.

Rió a carcajadas,
dio mil volteretas
tocó las nubes esponjadas.

Un día, el aire se volvió espeso
la mariposa tembló y calló al suelo,
Como si de plomo fuera su peso.

Algo extraño ocurría
el cielo parecía más alto
y ninguna de sus alas respondía.

Las demás continuaron su camino,
alegres danzaban en el viento
solo ella en tierra, andaba sin tino.

Intentó en silencio cada día
detrás de las flores escondida,
bajo el ardiente sol del medio día.

Lloraba en secreto su pena,
en el interior de su alma, moría.
Frente a todos, feliz y serena.

Las otras la incitaban a volar
aleteaban sonrientes ante sus ojos,
Mariposa bajaba la mirada, sufría su pesar.

Lejos de comprender, la juzgaron:
- tan solo es una cobarde -dijeron,
y su corazón ya herido, lastimaron.

Otros, de sus alas débiles hablaban,
no es como el resto, pobre pequeña,
su cuerpo estrecho se llevará el viento.

Durante años recorrió la vida
con más trabajo que las otras,
a veces tan contenta, otras deprimida.

Finalmente alguien comprendió,
y con sabias palabras la caída le explicó.
Mariposa aliviada, mil lágrimas lloró.

Hoy sabe que el viento jamás cesará
la corriente en ocasiones será tan fuerte
que más de una vez, la desequilibrará.

Ese par de pequeñas alas blanquecinas
cuyo brillo destellante no se puede ocultar,
son aquéllas que recibió por ordenes divinas.

Quizá algún día se aventure
y en amplio vuelo recorra el cielo,
quizá tarde un poco más o tal vez se apresure.

miércoles, 5 de enero de 2011

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS


(Miguel Ramos Carrión)

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...

miércoles, 8 de diciembre de 2010

NUESTRO VERANO


Por Diana Zepeda

No quisiera lastimarte,
herir tu noble corazón
pero yo no puedo amarte,
espero entiendas la razón.

Fue en un caluroso verano
cuando el latente corazón
confiadamente dejé en su mano,
¡una terrible equivocación!

A partir de ese momento
quedó por siempre atrapado,
y en su latir violento
dijo estar enamorado.

En los momentos aquéllos,
allá vive mi corazón lejano,
en un par de ojos bellos
que ya olvidaron nuestro verano.

Yo no puedo hoy amarte
pues ayer de otro me enamoré
quiero confesarte
que nunca lo olvidé.

Se muy bien que no ha de volver,
el corazón de otra mujer cuida
mientras el mío deja desfallecer.
En amarlo tanto se me está yendo la vida.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

MI BELLA IMPERFECCION


Me ha ocurrido algo extraño:
hoy tuve la absurda sensación
de haber vivido soñando.

No sé, si esta nueva impresión
que hoy tengo de la vida
será mi salvación o mi ruina.

Quizá desperté a la realidad
o abrí de par en par,
la puerta que da a la locura.

Creí que debía ser perfecta,
y luché a ciegas por conseguir
lo que no hay aquí en la tierra.

Pensé que había sido cobarde,
mientras me protegía
de quien podía perjudicarme.

Hoy que desperté
de la horrible pesadilla,
donde la realidad era mi enemiga,

puedo decir que he llegado a querer
a esta imperfecta mujer que intenta...
y que tropieza cada vez.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

LA MUJER QUE RENUNCIO AL AMOR


En la solitud de su habitación
tristemente lloraba una mujer,
tenía roto el corazón
a causa de un mal querer.
En el silencio de cuatro paredes
irrumpió con la voz rota:
"maldigo al amor y sus placeres,
enemigo cruel que me derrota".
Murieron esa noche mil ilusiones
desgarradas por el filo del desamor.
Atrapadas como cebras por leones
desfalleciendo lento en el dolor.
Una noche como tantas, ella lloró,
más hoy, parecía no haber mañana
la fortaleza de su alma se quebró
como en temblor, cae una montaña.
Cuando finalmente el llanto cesó
y en su cuerpo no quedaron lágrimas,
ante el espejo su rostro secó,
hoy sus penas, son errantes ánimas.
En la soledad de su habitación
sufriendo los estragos del desamor,
ha tomado una sabia decisión
la mujer que renunció al amor.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Cuando me amabas


Te amé desde el día
que encontré tu mirada
y en ella el alma reflejada;
quietud y paz en demasía.

Te amé aquella vez
cuando dulce y cortés
mi mejilla besaste,
entonces me cautivaste.

Te amé porque me viste
de manera especial
coquetería y ternura sin igual.
Te amé cuando me quisiste.

Cuando me amabas te amé,
cuando mi ausencia te dolía,
cuando mi amor te pertenecía
y al besarme me sentías, entonces te amé.

Y aun hoy
que te pierdo cada día
quererte más no podría
con todo lo que soy.

Te amé cuando me amaste
y al cielo me elevaste,
igual te amo hoy que no me quieres,
cuando quizá piensas en otras mujeres.

Te amo aunque se
que pronto te perderé,
aun no he podido entenderlo,
mas valdría no saberlo.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Una Historia Sin Final


Ese libro en el cual fueron grabadas
tan solo unas líneas de nuestra historia,
de las que no son recordadas
ni quedan para siempre en la memoria.
Permanece siempre abierto
incompleto, casi en blanco.
Nuestro amor casi muerto,
como el libro, la tinta, el banco...
¿Abrase visto cosa igual?
un amor sin realizar,
un libro sin terminar
y una historia sin final.
De manera que este relato
fue basado en un argumento insensato
carece de pies y cabeza,
pero ¡qué mal gusto, que pereza!

miércoles, 8 de septiembre de 2010

HECHICERA


si temibles brujas existieran
desearía ser una de ellas.
Obtendría siempre lo que quiero
sin importarme los medios.

No más cuentas sin cobrar
¡qué pague todo el que haga mal!;
en calabozo quien me hiera
siendo sapo el que me ofenda.

Adiós diría para siempre
a la vil tortura del espejo,
quien cruel en mostrarme se empeña
lo peor de mi, en cada reflejo.

Bastaría solo una gota
una brisa de mágica loción,
para ser la mujer más hermosa
más bella que una flor.

Por amor no sufriría,
siendo una hechicera linda
tan fácilmente conquistaría,
al dulce amor de mi vida.

Prisionero para siempre
del negro encanto de mis ojos,
enamorado hasta los huesos
de mis dotes misteriosos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El sabor de tus engaños



El me miró
Como soñé ser mirada,
Aquél sueño se esfumó
No espero ya mas nada.

Me abordó
Con sutil delicadeza
Y su amor me declaró,
Amor no me interesa.

De sus ojos
Dulces lágrimas vertieron,
En el par de labios rojos
Calladas se consumieron.

Acarició
Mi silueta con su mano,
En mí nada se encendió,
Su encanto fue en vano.

Se alejó,
Dejando sobre mis labios
Un beso que me recordó,
“El sabor de tus engaños”.